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San Juan Evangelista

Fruto de la gubia de José Antonio Navarro Arteaga, quien la finalizara en septiembre de 1996, esta imagen puede considerarse por su majestuosa e imponente impronta estética como la obra secundaria más importante de la Ciudad y, nos atreveríamos a decir, de las mejores que se han ejecutado en el siglo XX en toda la provincia de Málaga.

Con una planta de garbo y compostura –llega a medir 175 centímetros– se trata de una escultura de candelero para vestir que aparece erguida y en una posición itinerante al balancear el cuerpo sobre la pierna derecha y retrasar la izquierda que apoya sobre los dedos del pie. Esta posición de las extremidades compensa el leve escorzo que provoca el giro del tronco y la cabeza hacia la izquierda, tratando de buscar la complicidad y acercamiento que se supone de su diálogo con la Virgen María. En este sentido, viene a ser esencial la disposición de unas manos que transmiten todo aquello que se omite en palabra y lo hacen, como es el caso, con una energía desorbitada plena de tensión que le lleva a adelantar los dedos centrales. Pero sin lugar a dudas es la soberbia testa de la imagen la que le confiere una categoría superior. La cabellera leonina y miguelangelesca, de alborotados y ondulados mechones, no es más que un preámbulo de la fuerza que transmite el rostro de la figura, recordando la especial impronta que transmitían las tallas de Luis Ortega Brú. El óvalo facial se alarga en cierta manera para resaltar unas facciones supeditadas a la prominencia de los pómulos y el mentón.

Estas características complementan unos rasgos de arrebatadora expresividad que se centran en la rigidez creada al fruncir el ceño por las cejas talladas, la dilatación de las fosas nasales y la apertura de una boca de labios carnosos y señaladas comisuras. A ello, se unen unos ojos grandes y rasgados, de abultados párpados, que incrementan la impresión de dolor. Ni que decir tiene, que este impetuoso rostro no transmitiría las mismas sensaciones sin el valiente giro hacia la izquierda que adquiere la cabeza y su sintonía con un cuello robusto. La policromía de tonos ocres y apagados aumenta el aspecto de piel curtida varonil. En esta ocasión, y haciéndonos eco de las palabras de una voz experta y autorizada, nos hallamos ante la perfecta estampa de un “hombre llorando”.

María Magdalena

Ejecutada en septiembre de 1998 por el imaginero sevillano Manuel Ramos Corona, esta obra fue la que introdujo al autor en la Ciudad del Tajo sirviendo de acicate para que otras Hermandades, como la del Prendimiento y Nuestro Padre Jesús Nazareno, le hicieran diversos encargos. Esta escultura de candelero para vestir tiene un tamaño apropiado para una figura femenina –160 centímetros de altura– y acusa una cierta frontalidad e hieratismo que intenta quebrantar con la inclinación de la cabeza hacia la izquierda.

Este movimiento es acompañado en su caída por los amplios y rizados mechones de una cabellera, que se peina con la raya en medio, mientras se recoge mediante una cinta en la zona occipital de la cabeza. A la vez, los bucles de pelo que cuelgan enmarcan un rostro donde se reincide en volúmenes redondos, ya sea en los pómulos, el mentón, los arcos ciliares y las órbitas de los ojos.

El intento de expresividad se encuentra aquí más forzado, centrando la emotividad de los rasgos en los labios ondulados y compungidos y ojos lacrimosos de párpados caídos, en conjunción con una policromía sonrosada propia de una mujer joven plena de vitalidad. La posición de las manos se adaptan de cara a portar atributos como el recipiente de perfumes –un copón de plata del siglo XIX– y el paño con el que enjuga sus lágrimas.

 

 

 

 

Virgen de los Remedios

Perteneciente al patrimonio heredado por la Hermandad, esta imagen Dolorosa se halla custodiada en una de las vitrinas de la Sala Capitular de la Capilla. Se trata de una escultura de pequeñas dimensiones y candelero para vestir, que continúa los modelos estéticos sobre el tema desarrollados durante el Setecientos. Asentada en una peana dorada de nebulosas con el emblema de la Orden Carmelita, lo más interesante de la pieza es la resolución de un rostro apesadumbrado que se caracteriza por una policromía pálida –de tonos marfileños– que reincide en los aspectos patéticos del dolor. Se acompaña de alhajas de plata de la época como la media luna y el resplandor.