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Sede Canónica

 

Tal como se refleja en la Regla número 1 de los Estatutos, la Hermandad tiene capilla propia y casa de hermandad en calle Armiñán nº 66, aunque comparte su establecimiento canónico entre el Monasterio de Clarisas de Santa Isabel de los Ángeles –comunidad que acogió a este grupo en sus orígenes– y la Colegiata de Santa María de la Encarnación La Mayor, donde pone en práctica la mayoría de los cultos y sale en Estación de Penitencia cada Jueves Santo.

Fundado en 1542 por los nobles Luis de Oropesa y Catalina Triviño, el monasterio de Hermanas Clarisas de Santa Isabel de los Ángeles se erigió en la plaza principal de la antigua medina con ocho religiosas que provenían de los conventos de Santa Inés de Sevilla y Écija, si bien este número no dejó de crecer hasta alcanzar en el año seiscientos la más que considerable cifra de ciento catorce componentes. A partir de entonces la institución sufrió una serie de altibajos, que la enaltecieron en todas sus facetas durante los siglos XVII y XVIII y la sumieron en una situación ciertamente caótica en la centuria decimonónica. Pero estos contratiempos no fueron óbice para que este convento se erigiera en la Edad Moderna como uno de los de mayor fuerza de irradiación entre la población rondeña. Un ejemplo de ello, lo tenemos en el Jubileo que concedió Pío IV en la segunda mitad del Quinientos a los fieles que visitaran la iglesia el día de la Epifanía.

En lo artístico, lo más interesante del conjunto es la iglesia conventual, a la que se accede por una movida portada de finales del XVII custodiada por un estrecho atrio que se flanquea por la torre-campanario. Una portada de piedra arenisca, sirve de base a un ático con hornacina central donde se coloca la imagen de Santa Isabel de Portugal. El interior mantiene el espacio unitario propio de la Orden al integrar en una única nave el presbiterio elevado, el espacio congregacional y el coro bajo y alto a los pies. La decoración del primero actúa como verdadera pantalla visual al esquema de teatralidad litúrgica, a lo que contribuye con especial énfasis el retablo tipo tabernáculo de soportes salomónicos y estipitescos enmarcado por cortinajes de telas encoladas. La cubierta del presbiterio es una bóveda semiesférica con dos líneas compositivas marcadas por los Evangelistas –en relación a los Pontífices franciscanos de las pechinas– y la Apoteosis Franciscana compuesta por emblemas y símbolos de la Orden. Cubierta con bóvedas de aristas, en la nave principal sobresale únicamente el altar de la Porciúncula con pinturas murales en dos registros –del XVII y XVIII–referentes a esta sugerente escena de la iconografía franciscana. Por último, el coro bajo se adereza en sus paramentos con un ciclo de pinturas murales al temple ejecutadas en el Setecientos con representaciones de la hagiografía seráfica como San Francisco de Asís, Santo Domingo de Guzmán, San Antonio de Padua y San Miguel Arcángel, y otras de carácter pasionista en el caso de la Oración en el Huerto de Getsemaní, Camino del Calvario y Exaltación Eucarística.

Colegiata de Santa María de la Encarnación La Mayor.

Por su parte, la Insigne Iglesia Colegial de Santa María de la Encarnación la Mayor, cabeza visible del organigrama eclesiástico rondeño, se elevó sobre los restos de la antigua mezquita aljama una vez conseguida la incorporación de la ciudad a la Corona de Castilla. Durante el proceso de conquista, y tras el caso originario de Alhama, la citada advocación se generalizó entre las fundaciones de iglesias mayores y catedrales del Reino de Granada, por cuanto sugería e incorporaba toda la carga ideológica del misterio evangélico al cual se “enfrentaban” la mentalidad y la fe musulmana. Por tanto, la superposición de edificios principales sobre un mismo temenos o recinto sagrado introdujo un carácter triunfalista de victoria moral, política, emblemática y religiosa de todas las pautas cristianas, sobre lo considerado impuro e imperfecto. A través de la bula que concedió Inocencio VIII el 15 de julio de 1485, se le proporcionó a esta iglesia la categoría de abadía con autoridad sobre los pueblos de la comarca. Más tarde, Carlos V daba cumplimiento a la bula de León X de 28 de enero de 1520, que le otorgaba el privilegio de Iglesia Mayor ad instar Cathedralis hispalensis, confirmada posteriormente, en 1545, por una Real Provisión de Felipe II. En el concordato celebrado en 1851 entre Pío IX y la reina Isabel II se convino la reducción canónica del templo a la categoría de Colegiata suprimida o Iglesia Mayor, que es el que conserva en la actualidad.

La fábrica de la iglesia de Santa María ha sufrido una serie de avatares, a lo largo de los siglos, que han marcado claramente los diversos estilos artísticos que hoy muestra. La antigua obra del templo se comenzó a finales del siglo XV, frenando su progresión en 1580 debido a un terremoto que destruyó casi por completo toda la zona Norte. A partir de ese momento, se acometió el ensanchamiento del edificio hasta que se vio interrumpida de nuevo a causa de problemas económicos. Esta paralización arquitectónica se prolongó hasta el año 1640, en que el Obispo fray Antonio Enríquez de Porres invirtió en las obras una amplia suma correspondiente a los ingresos provinciales de la Iglesia. Ni que decir tiene, que la segunda mitad del siglo XVII supuso el periodo definitivo para la conclusión de las obras. Para alcanzar este objetivo fueron cruciales las aportaciones monetarias de numerosos Obispos malagueños, destacándose, entre otras, las concedidas en 1796 por Manuel Ferrer y Figueredo.

Nave renacentista de la Colegiata.

Entre los maestros que han dejado su impronta en esta iglesia se barajan nombres como el de Pedro Díaz de Palacios, que actuó como Maestro Mayor hacia 1598, y Francisco Gutiérrez Sanguino, al cual se contrató en 1705 para construir la Capilla Mayor. Según la información consultada, el presbiterio y altar mayor no quedaron finalizados en su totalidad, pues en 1723 se reclamó al maestro Esteban de Salas para que labrara, basándose en planos de fray Miguel de los Santos, la referida zona de la cabecera. Sin embargo, y por cuestiones que aún no se han aclarado, fue Francisco del Castillo el que ejecutó finalmente este trabajo. Nueva documentación inédita nos informa que la cabecera de la iglesia tenía problemas de estabilidad tras estas intervenciones, por lo que se solicitó consulta a maestros tan reconocidos como Leonardo de Figueroa y Felipe de Unzurrúnzaga. Tras ser elegidas en concurso público, las reparaciones y nuevas trazas aconsejadas serían llevadas a cabo por los maestros Sebastián de Espada y Bartolomé Pérez. Entre las notas manuscritas legadas por Juan Temboury aparecen informes de 1716 en los que Felipe de Unzurrúnzaga se comprometía a realizar el desescombro y limpieza de columnas y capillas, la unión de la antigua y la nueva fábrica, la solería y el presbiterio, fijándose la conclusión de los trabajos para 1717. Del siglo XVIII son también la mayoría de los retablos y piezas escultóricas conservadas, así como la magnífica sillería del coro de autor desconocido finalizada en 1736.